Hay imágenes que forman parte de una Semana Santa y hay imágenes que con el paso del tiempo, terminan formando parte de la historia de una ciudad. Nuestra María Magdalena pertenece, sin ninguna duda, al segundo grupo. Cuando contemplamos a la Magdalena en su capilla de la Concatedral de Santa María de La Redonda, quizá no somos plenamente conscientes de todo lo que tenemos delante.
Vemos a aquella que cada Viernes Santo sale a las calles de Logroño, a aquella que reconocemos desde niños y a la que tantas generaciones de cofrades han acompañado. Pero estamos también ante una obra de arte con varios siglos de historia.
Una talla del siglo XVI, de autor anónimo, relacionada con el taller de Gaspar Becerra y considerada una de las piezas de mayor interés de la imaginería que conserva nuestra Concatedral. Y eso debería hacernos reflexionar.
Porque María Magdalena no es solamente “nuestra imagen”. Es patrimonio. Patrimonio artístico, evidentemente, pero también patrimonio religioso, histórico y sentimental. Y quizá este último sea el más difícil de explicar. Porque para un historiador del arte, la Magdalena puede ser estudiada como una magnífica escultura del siglo XVI. Para un visitante de La Redonda puede ser una de las muchas obras de arte que encuentra en el templo. Para un logroñés puede ser aquella imagen que recuerda haber visto desde pequeño durante la Semana Santa. Pero para un cofrade es mucho más. Es la imagen que han acompañado sus padres, sus abuelos, familiares, hermanos, amigos, etc. Es la que ha salido a hombros de cientos de personas. Es la que ha visto pasar generaciones enteras ante ella. Es la que ha permanecido en La Redonda mientras Logroño cambiaba a su alrededor. Y esa dimensión sentimental también forma parte de su patrimonio.
Nuestra historia comenzó mucho antes de que existiera oficialmente la Cofradía. El 15 de abril de 1949, María Magdalena salía por primera vez en la procesión del Santo Entierro acompañada por 115 penitentas. Aquel momento marcó el comienzo de una historia cofrade que llega hasta nuestros días. Desde entonces han cambiado muchas cosas. Han cambiado los hábitos. Han cambiado las andas. Han cambiado las generaciones de cofrades. Incluso ha cambiado la propia manera de entender y vivir la Semana Santa. Pero ella ha permanecido y ahí reside una parte fundamental de su grandeza. Porque conservar el patrimonio no significa simplemente guardar una pieza para que no se deteriore. Conservar significa mantener viva su historia. Significa conocerla. Significa contarla. Significa transmitir a quienes vienen detrás por qué esa imagen es importante y qué representa.
Durante años, quizá nos acostumbramos a verla como siempre. A pensar que estaría allí para siempre, como si el tiempo no pudiera afectarla. Pero el tiempo pasa también por las obras de arte. La madera envejece. Los materiales se deterioran. Las intervenciones antiguas dejan su huella. Y llega un momento en que conservar ya no es una opción, sino una responsabilidad. Por eso su restauración fue mucho más que una intervención sobre una talla. Fue un acto de responsabilidad hacia nuestra historia.
En 2023, después de muchos años de intentos y gestiones, durante cinco meses, la restauradora Belén Hernández León trabajó sobre la imagen para devolverle buena parte del esplendor que el paso del tiempo había ido ocultando. Y el resultado nos permitió descubrir algo que quizá habíamos olvidado. Que restaurar no es hacer que una imagen parezca nueva. Es hacer posible que podamos volver a contemplarla y entenderla.
Después de la restauración, muchos pudimos fijarnos en detalles que durante años habían pasado desapercibidos. En la policromía, en la expresión del rostro, en la calidad de la talla. La restauración nos devolvió a nuestra Magdalena, pero también nos devolvió una parte de su historia.
Y aquí aparece una pregunta que deberíamos hacernos como cofrades: ¿Estamos preparados para ser custodios de todo lo que hemos recibido? Porque el patrimonio no nos pertenece. Nosotros lo recibimos y algún día tendremos que entregarlo. Esa idea debería estar muy presente en cualquier Cofradía. No somos propietarios de una tradición que podemos modificar a nuestro antojo. Somos eslabones de una cadena. Antes de nosotros hubo otros. Después de nosotros vendrán otros. Y nuestra responsabilidad consiste en que cuando llegue ese momento puedan recibir, al menos, aquello que nosotros recibimos. Quizá incluso algo mejor.
Por eso la historia de la Cofradía de María Magdalena no puede quedarse en una sucesión de fechas. Las fechas son importantes, pero detrás de cada una hay personas. Personas que tuvieron una idea. Personas que solicitaron un permiso. Personas que construyeron unas andas. Personas que cargaron la imagen. Personas que cosieron un hábito. Personas que hicieron una donación. Personas que conservaron fotografías. Personas que, simplemente, estuvieron allí. Ellos también son patrimonio. Y por eso resulta tan importante escuchar a nuestros mayores. Porque dentro de unos años, lo que hoy nos parece cotidiano será historia. Y si no lo conservamos, desaparecerá.
María Magdalena ha sobrevivido a generaciones. Ha visto cambiar Logroño. Ha visto cambiar la Semana Santa. Ha visto crecer y desaparecer cofrades. Ha pasado por diferentes andas y ha sido acompañada por miles de personas. Y continúa allí. Esperándonos. Recordándonos que no somos los primeros y que tampoco seremos los últimos.
Quizá ese sea uno de los mayores valores de nuestra Magdalena. Que cuando la miramos, no solamente estamos mirando una imagen del pasado. Estamos mirando una historia que continúa. Y ahora nos corresponde a nosotros escribir el siguiente capítulo. Con respeto. Con responsabilidad. Con conocimiento. Y, sobre todo, con cariño. Porque proteger a María Magdalena no consiste únicamente en conservar su madera, su policromía o sus enseres. Consiste también en conservar aquello que no se puede restaurar cuando se pierde, la memoria.
Que nunca tengamos que preguntarnos dónde estuvo nuestra Magdalena, quién la acompañó o por qué llegó hasta nosotros. Que podamos seguir contando su historia dentro de muchos años.
Y que quienes entonces la contemplen puedan sentir, como nosotros hoy, que ante ellos no hay simplemente una talla. Hay siglos de historia. Hay generaciones de devoción. Hay patrimonio. Hay memoria. Y hay una Cofradía que decidió caminar junto a ella.
























