Domingo de Ramos
El Inicio Alegre de la Pasión
El Domingo de Ramos siempre marca el inicio alegre de la Pasión. A lo largo de los años, muchas cosas pueden cambiar, pero hay “tradiciones” que permanecen intactas. Como cada año, la carrera para llegar a la Concatedral es inevitable. El tiempo siempre parece ir contra nosotros: apresurados para cambiarnos, los nervios mientras esperamos el inicio de la primera procesión, La Borriquita. Es un ritual que nunca pierde su fondo.
Este día sigue siendo muy especial para nuestra familia. Jaime, nuestro hijo pequeño, un gran devoto de este “paso”, mantiene intacta su ilusión de acompañar con su hábito y palma, feliz y orgulloso de ver a Jesús en su burrita. Esa alegría que refleja su rostro al caminar es algo que jamás perderá su significado. ¡Bendito día!
Pero no solo es él quien se contagia de la emoción, sino también Nicolás, el mayor. A pesar de estar en esa etapa tan compleja como es la adolescencia, él sigue siendo fiel a la cita de Ramos, sin faltar ni un año, demostrando que el amor por nuestras tradiciones va más allá de la edad.
El Domingo de Ramos no solo es el inicio de una semana de fervor y devoción, sino también un recordatorio de lo que significa estar juntos, compartir, sentir y vivir la pasión con los que más queremos. Es un día que, por encima de todo, nos une en familia y nos llena de bendiciones. ¡Qué alegría poder celebrarlo todos juntos, una vez más!
Lunes Santo
Bienvenidos al sur
Lo que no deja de llamar la atención y no puedo evitar mencionar, es la mezcla de tradiciones que se observa cada vez más en nuestra Semana Santa. Este año, una vez más, presenciamos una procesión que fusiona elementos del Valle del Ebro, con sus característicos tambores y bombos, con los del Valle del Guadalquivir, representados en un paso llevado por costaleros y acompañado de una banda de cornetas y tambores que interpretan marchas propias del sur.
Es un hecho que respeto profundamente a esta cofradía y valoro la devoción de sus miembros, pero no puedo evitar sentir una cierta incomodidad ante el fenómeno de la importación de costumbres foráneas, en lugar de fortalecer nuestras propias tradiciones. Es difícil entender por qué, en lugar de preservar la esencia de nuestras procesiones, sentimos la necesidad de adaptarlas a modelos externos, que aunque igualmente valiosos, no reflejan la identidad cultural que nos caracteriza.
Esta mezcla de estilos, aunque sin duda enriquecedora para algunos, no termina de encajar con lo que yo considero debiera ser la Semana Santa de nuestra ciudad.
En mi opinión, la gente, especialmente quienes nos visitan desde el sur, se habrá quedado con la sensación de que han presenciado un “desaguisado”. Al final, lo que muchos buscan es el original, la tradición en su estado puro y no una réplica de algo que no nos pertenece por completo.
De nuevo, todo esto lo digo con el máximo respeto, pero también con la esperanza de que en el futuro podamos reflexionar sobre lo que realmente queremos. Y, ojalá logremos una Semana Santa que respete y preserve las tradiciones locales, que sea un reflejo fiel de nuestra historia y nuestra identidad, sin perderse en lo que nos llega desde fuera.
Martes Santo
Entre la tradición y la influencia externa
El Martes Santo, se celebraron las dos procesiones programadas, separadas por tan solo treinta minutos, lo que dejó la ciudad partida en dos. Por un lado, la cofradía de La Santa Cruz-Hermanos Maristas partió desde la iglesia de San Bartolomé, recorriendo varias calles del casco antiguo logroñés, manteniendo la esencia de nuestras procesiones.
Sin embargo, lo que me dejó con una sensación ambigua fue el Vía Crucis procesional de la Flagelación, que una vez más adoptó el estilo “valle del Guadalquivir” pero en pleno Valle del Ebro. Y aunque la cofradía de La Flagelación merece todo mi respeto por su dedicación y esfuerzo, no puedo evitar sentir una cierta desazón ante lo que percibo como una clara “invasión andaluza”. Este tipo de procesión, con el paso llevado a molía y acompañados de marchas propias del sur, es una réplica de algo que no tiene raíces profundas en nuestra ciudad y sí en Jerez o Cádiz.
Es aquí donde surge la cuestión que, desde mi punto de vista, sigue sin encontrar una respuesta satisfactoria: ¿por qué debemos desplazar y, en muchos casos, eliminar las costumbres de nuestras propias procesiones? ¿Por qué, en lugar de fomentar y potenciar lo que ha caracterizado a nuestra Semana Santa en Logroño, nos sentimos obligados a imitar prácticas que, aunque legítimas en sus orígenes, no reflejan nuestra identidad?
Es importante recalcar que esta reflexión no disminuye en absoluto mi respeto hacia las cofradías que deciden seguir este camino, ni hacia las personas que, con gran devoción, participan en ellas. Mi crítica está dirigida, más que nada, a una tendencia que parece haberse instalado, como si se tratara de una evolución inevitable. Sin embargo, no puedo evitar pensar que, al final, lo que debemos buscar es el equilibrio entre la innovación y el respeto por lo nuestro.
El Martes Santo de este año, como en años anteriores, nos plantea esa disyuntiva. Podemos seguir el camino de la integración de influencias externas, pero también debemos ser conscientes de que, en el proceso, no debemos sacrificar lo que nos hace diferentes. La clave está en mantener el respeto por nuestras raíces y, al mismo tiempo, ofrecer espacio para la evolución de nuestras tradiciones, sin que ello implique renunciar a nuestra identidad y, eso a día de hoy no está pasando.
Miércoles Santo
Junto al Yacente y María Magdalena
Momentos únicos
El Miércoles Santo por la mañana acudimos a uno de los actos importantes de esta semana, sumándonos junto a cientos de fieles a cumplir la tradición y venerar al Cristo Yacente del Santo Sepulcro. Fue un momento de recogimiento y respeto, de esos que recuerdan el verdadero sentido de estos días y que, año tras año, siguen reuniendo a quienes sienten de forma especial la Semana Santa. Aún recuerdo cuando este acto se realizaba en un ambiente mucho más íntimo, casi familiar, donde el silencio y la cercanía hacían que cada instante se viviera de una manera muy especial. Aquellos momentos tenían algo difícil de explicar. Con el paso del tiempo el acto ha ido creciendo y hoy son muchos más los fieles que se acercan a cumplir con esta tradición. Y aunque las circunstancias hayan cambiado, lo esencial permanece: la devoción, el respeto y ese sentimiento compartido que cada Miércoles Santo vuelve a reunirnos ante el Cristo Yacente del Santo Sepulcro. Porque, al final, hay tradiciones que no solo se mantienen, sino que siguen emocionando como el primer día.
Por la tarde tuvo lugar el traslado de María Magdalena hasta sus andas. Nunca me cansaré de decirlo: a este sencillo acto todo cofrade, sea magdaleno o no, debería anotarlo en su agenda. Es, probablemente, uno de los momentos más íntimos y especiales de toda la jornada, de esos que, sin grandes alardes, consiguen emocionar de verdad.
Es increíble, (y necesario), ver a los cofrades reunidos junto a ella y a tantos devotos que se acercan con respeto. Algunos para tocarla, otros para hablarle en silencio, preguntarle, buscar respuestas o simplemente rezarle. Cada persona vive ese instante a su manera, pero todos comparten lo mismo: la necesidad de estar allí, cerca de María Magdalena.
Porque es precisamente en ese momento cuando uno puede sentirla más próxima. En un ambiente de silencio y cercanía que transmite, como solo ella sabe hacerlo, calma, tranquilidad y paz. Son instantes que ponen los pelos de punta, que invitan a parar, a mirar y a sentir.
Y es ahí, en esa sencillez, donde muchos volvemos a encontrar la razón por la que la seguimos y por la que estamos aquí. Porque más allá de la tradición o del calendario, hay momentos como este que nos recuerdan el verdadero vínculo que nos une a ella.
Ya por la noche se celebró la procesión del Encuentro. Este año, como novedad, se decidió adelantar una hora su inicio. Según se explicó, la medida pretendía favorecer la accesibilidad y la conciliación, con la intención de facilitar la asistencia del público, que en los últimos años había descendido. Sin embargo, quizá habría sido oportuno analizar con algo más de detenimiento las razones reales de esa bajada antes de introducir cambios en un acto tan arraigado.
No parece difícil recordar que en varias de esas ediciones la climatología fue especialmente adversa: lluvia, frío o viento acompañaron la procesión y, como es lógico, esas circunstancias influyen de manera directa en la presencia de público. De hecho, en otros años en los que el tiempo fue más benigno la asistencia no pareció resentirse de forma significativa. Por eso resulta legítimo preguntarse si el problema era realmente el horario o si se ha optado por una solución sencilla para otras posibles causas.
En ocasiones da la impresión de que, ante cualquier descenso puntual de público, la primera reacción es modificar horarios o formatos, como si ahí residiera necesariamente la solución. Sin embargo, las tradiciones populares, y más aún las que tienen un marcado carácter religioso, no siempre responden a ese tipo de ajustes.
La fe y la devoción, al fin y al cabo, difícilmente aumentan o disminuyen según marque el reloj. Tal vez lo verdaderamente importante siga siendo cuidar la esencia y el significado de estos actos, tal y como se han transmitido durante tantos años. Aún así, decir que la medida tomada tuvo su acierto ya que la afluencia de público al Encuentro fue un éxito a pesar de la tarde-noche tan fría y desapacible.
Jueves Santo
Emoción, tradición y aniversario
Seamos sinceros, en nuestra ciudad la Semana Santa empieza de verdad este día. Cada uno podrá tener su opinión pero tras la noche del Encuentro, Logroño despierta definitivamente a su Semana Santa. Algo cambia en el ambiente, en las calles y en el corazón de quienes la vivimos.
Como cada año, volvimos a sentir la magia de un Jueves Santo cargado de emociones. Primero, los preparativos: el paso, los claveles, los pequeños detalles que parecen insignificantes pero que lo significan todo. Y después, los encuentros. Conversaciones con amigos cofrades que, como nosotros, llevan toda una vida ligada a estos días. Hablamos de todo: de nuestras vidas, de los políticos y sus muros, de las guerras, de los precios que no dejan de subir, de las injusticias… pero inevitablemente siempre acabamos hablando de la Semana Santa.
Quizá porque ya empezamos a peinar canas, parecemos “bichos raros” recordando y añorando años pasados, rememorando momentos que sólo nosotros entendemos. A veces intentamos arreglar todo este tinglado, otras veces lo desarreglamos aún más. Pero en el fondo sabemos que lo necesitamos. Porque la Semana Santa, es ya una parte de nuestra vida.
Por la tarde, tocaba ver procesiones, nos acercamos a ver pasar a Escolapios. Y luego fuimos a encontrarnos con La Piedad. No tuvimos tiempo para ver al Nazareno antiguo ya que la tarde avanzaba y llegaba la noche.
Mientras el Descendimiento iniciaba su procesión desde Palacio, en la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles de La Redonda se vivían momentos intensos. Nervios, miradas cómplices, rostros tensos y emocionados. Alegría y responsabilidad mezcladas. Todos esperábamos el momento de acompañar un año más a María Magdalena. Y este año no era uno cualquiera: se celebraba el 25 aniversario de esta procesión tan especial. Una cita que con el paso del tiempo se ha convertido en uno de los momentos más íntimos y sobrecogedores de nuestra Semana Santa.
Y aquí merece la pena hacer una pausa. Una pausa para mirar atrás y recordar aquellos comienzos, cuando todo era sólo una idea. Para recordar el esfuerzo, las conversaciones interminables, las dudas y también la determinación de Pepe, Luisito, Juan Carlos, Paco, Rubén y quien esto escribe para hacer realidad esta procesión. No fue sencillo. Hubo trabajo, empeño y mucho tiempo dedicado a sacar adelante algo en lo que creíamos profundamente. También hubo mucha ilusión y la convicción de que Logroño merecía vivir un momento así, una procesión marcada por el silencio, el recogimiento y la emoción compartida.
Veinticinco años después, al ver a María Magdalena salir una vez más a la noche logroñesa, uno no puede evitar sentir una mezcla de orgullo y gratitud. Orgullo por haber formado parte de aquel pequeño grupo que soñó con este momento y gratitud por comprobar que aquella idea ha echado raíces y sigue emocionando a tantos cofrades y a tantas personas que, año tras año, esperan ese instante de silencio y fe.
Si algo podemos decir hoy, con humildad pero también con una profunda satisfacción, es que esta procesión del Silencio es, sin duda, el mejor legado que hemos podido dejar. Un legado que ya pertenece a la ciudad, a las cofradías y a todos aquellos que cada Jueves-Viernes Santo encuentran en ese silencio una forma distinta de vivir la Semana Santa.
Un año más se vivieron momentos de recogimiento, de silencio, de oración compartida en familia. Instantes que se viven en lo más profundo del corazón y que resultan casi imposibles de explicar a quien no los ha sentido.
Tras la oración del Silencio, a las doce en punto, las puertas de la Concatedral se abrieron una vez más. Y en ese instante todo se detuvo. María Magdalena salió a la noche logroñesa para iniciar su recorrido por las calles de nuestra ciudad.
A las puertas de La Redonda nos encontramos con nuestros hermanos del Descendimiento. Y entonces la emoción se hizo aún más grande. Con los sentimientos a flor de piel vivimos momentos vibrantes, sobrecogedores y profundamente conmovedores.
A lo largo del recorrido, cabos de varas, hermanos mayores y representantes de cada cofradía tuvieron la oportunidad de iniciar una “nueva carga” a golpe de mazo. Un gesto sencillo, pero lleno de significado: símbolo de unión, de agradecimiento y del apoyo que durante estos veinticinco años hemos recibido de todas las cofradías.
Ya en plena madrugada, cuando el cansancio empezaba a sentirse pero el corazón seguía latiendo con fuerza, María Magdalena regresaba a la Concatedral.
Han pasado unos días y todavía me cuesta encontrar palabras para describir uno de los momentos más intensos, vibrantes y emocionantes de esta Semana Santa. Porque hay instantes que no se explican, simplemente se quedan para siempre guardados en nuestro interior.
Viernes Santo
El día que da sentido a todo
El
Viernes Santo llegó y amaneció con un sentimiento distinto, como si el tiempo
mismo supiera que está ante el día más importante de la Semana Santa. Un día
que no se mide en horas, sino en emociones; que no se explica, se siente. A lo
largo de los años han ido naciendo procesiones, tradiciones y momentos únicos,
pero en el corazón de todos late con fuerza la Magna procesión del Santo
Entierro, origen y piedra angular de una Semana Mayor que da sentido a todo lo
demás.
Para nuestra cofradía, este día adquiere un significado aún más profundo. Fue el 15 de abril de 1949, cuando María Magdalena se incorporó para siempre a nuestra Semana Santa. Desde entonces, cada Viernes Santo es un reencuentro con nuestra historia, con nuestras raíces, con aquello que nos une y nos da identidad como cofrades magdalenos.
Al
mediodía, el silencio se hace protagonista en el traslado del
Cristo de las Ánimas hacia la Redonda. Es un momento distinto e íntimo, tan
sólo roto por los toques del fiscornio.
Al llegar, la escena sobrecoge. La capilla de los Ángeles de la Concatedral se transforma en un espacio casi irreal, cargado de simbolismo y emoción. Allí, reunidas en un mismo lugar, la Soledad, el Santo Sepulcro, María Magdalena y el Cristo de las Ánimas componen una estampa difícil de olvidar. No es solo la belleza de las imágenes, es lo que representan juntas: el dolor, la espera, la fe y la esperanza. Convirtiéndose en un refugio espiritual donde el tiempo parece detenerse. Quien entra, experimenta la sensación de estar ante uno de esos momentos que no necesitan palabras. Porque hay instantes en la Semana Santa que no se narran, se viven.
Al
girar hacia la calle del Marqués de San Nicolás, el tiempo parece volverse más
íntimo. Es un tramo para el recogimiento, para la meditación profunda.
Pensamientos que afloran sin buscarlo: desvelos, ilusiones, preguntas sin
respuesta. Silencio, oración… y esa necesidad de entender lo que muchas veces
no tiene explicación.
La
parada junto a la iglesia de Palacio anuncia que el recorrido avanza hacia su
final. Sin quererlo, la procesión se va acortando. La subida de la costanilla y
el giro en la Merced llegan casi sin aviso y el aliento del público te devuelve
al presente. El cansancio aparece pero también una fuerza inexplicable que
empuja a seguir.
¿Por
qué nunca se quiere que termine? ¿Por qué lo verdaderamente importante siempre
parece durar demasiado poco? Y así, cada metro se vive como si fuera el último,
con la intensidad de quien sabe que está formando parte de algo irrepetible.
La
última parada en el Círculo y al fondo, la Concatedral. Allí espera el final… o
quizá un nuevo comienzo. El público, los familiares, los devotos. La cofradía
abre paso una vez más y como al inicio, María Magdalena y las penitentas ocupan
el lugar central que les corresponde.
Y
entonces todo termina… o eso parece. Aplausos que rompen el silencio, abrazos
que dicen más que las palabras, lágrimas que brotan sin permiso. Felicidad,
cansancio, satisfacción… y por encima de todo, un profundo sentimiento de
orgullo.
Orgullo de haber sido, un año más, los pies de María Magdalena. Orgullo de haberla acompañado por las calles de nuestra ciudad. Orgullo de pertenecer a algo que no se explica pero que se lleva dentro para siempre.
Domingo de Resurrección
Cuando todo pasa, empieza lo importante
El día en que la luz apaga la oscuridad. “¡He visto al Señor!”, exclamó María Magdalena y en ese grito cabe todo.
Y, sin embargo, hay una herida que no termina de cerrarse. Duele recordar ese 75º aniversario que no pudo ser, esa procesión que la lluvia se llevó antes de nacer. Duele porque no era solo un acto más, era memoria, era celebración, era identidad.
Por segundo año, el Cristo resucitado se despidió. Se anuncia un nuevo Cristo, esperado, ilusionante, firmado por manos de prestigio. Y nadie duda de que será una obra extraordinaria. Pero equiparar lo que está por venir con imágenes del siglo XVI o XVII no es solo precipitado; es olvidar que hay algo que no puede fabricarse: el poso del tiempo. La historia no se encarga, se vive. La emoción no se diseña, se hereda. Las grandes imágenes no nacen consagradas; lo son cuando generaciones enteras han depositado en ellas sus silencios, sus peticiones y sus esperanzas.
Pero por encima de todo, permanece lo esencial: “¡He visto al Señor!”. Esa es la verdad que permanece, incluso cuando algo dentro de nosotros sigue doliendo. Y, como María Magdalena, salir a anunciarlo.
Y ahora, cuando todo parece volver a la normalidad, es cuando la Semana Santa nos pone a prueba de verdad. Porque lo fácil es emocionarse en esos días por la intensidad de cada momento. Lo difícil y lo verdaderamente importante es sostener todo eso cuando ya no hay procesiones.
Hemos sentido que somos familia, que nuestra Cofradía está muy viva, que caminamos unidos y con un propósito. Porque si algo nos enseña Cristo y María Magdalena es que la fe no se demuestra solo en los momentos grandes, sino en los pequeños gestos que casi nadie ve.
Hemos sido testigos de una ciudad entregada, de personas que buscan, que sienten, que necesitan. Esto nos recuerda que nuestra labor no termina aquí, que seguimos siendo instrumentos para acercar a Dios a quienes, quizá sin saberlo, lo están esperando.
Puede que sigan existiendo dificultades, situaciones que no entendemos, momentos que duelen y pesan pero el mensaje sigue siendo claro, firme, esperanzador: no estamos solos.
Y tal vez ese sea el mayor regalo de esta Semana Santa: salir de ella no siendo los mismos. Con la certeza de que, incluso en el día a día, estamos llamados a hacer algo extraordinario. A seguir caminando juntos. A seguir creyendo. Y, sobre todo, a seguir siendo luz con María Magdalena.




























