El traslado de María Magdalena desde la capilla de san Ildefonso hasta las andas ya dispuestas en la capilla de la Virgen del Carmen, es sin duda uno de los momentos más intensos y emotivos para todo “magdaleno”. En esa cercanía íntima, es cuando muchos sentimos una energía especial, difícil de explicar. Es un instante de recogimiento y emoción compartido, donde el tiempo parece detenerse y el corazón habla más que las palabras.
Pero no siempre fue así. Como recordaba nuestro querido “Pepito”, hasta finales de los años setenta todo se vivía de un modo muy distinto. Unos cuantos hermanos acudían la tarde del Jueves Santo o la mañana del Viernes Santo a las hoy desaparecidas huertas de Madre de Dios o a los jardines de las “casas baratas” para pedir flores con las que engalanar el paso para la procesión del Santo Entierro. Otros se encargaban de trasladar las andas desde la antigua plaza de toros de La Manzanera hasta La Redonda.
Allí, tras bajar la imagen de su lugar, se montaba el paso en la plaza del Mercado o entre la verja y la puerta principal de la Concatedral.
Cuando todo quedaba preparado, llegaba el momento de compartir mesa en la cercana calle San Juan. En alguno de sus bares esperaba un sencillo almuerzo pero a la vez inolvidable: huevos fritos con patatas y chorizo. Los más veteranos de la cofradía aún lo recuerdan con una sonrisa y lo guardan en la memoria como si fuera un tesoro.
Con el paso de los años, el traslado y el montaje fueron evolucionando. Del Viernes Santo se pasó al Jueves Santo, hasta que finalmente, desde 1996, es el Miércoles Santo por la tarde cuando María Magdalena deja el espacio que ocupa durante todo el año en la Concatedral para subir a sus andas. Desde allí se prepara para acompañarnos, majestuosa y cercana, en la procesión del Silencio y en la del Santo Entierro. Manteniendo viva una tradición que une pasado y presente en torno a Ella.




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