domingo, 12 de abril de 2026

25º aniversario - Cuando el Silencio comenzó a hablar.

El 12 de abril de 2001 no fue solo una fecha. Fue el sueño hecho realidad. La Cofradía de santa María Magdalena tuvo una idea valiente. Crear algo distinto. Algo propio. Algo que no necesitara palabras. Así nació la Procesión del Silencio y Dolor.


No fue una decisión cualquiera. Fue una apuesta por la identidad, por la fe vivida desde dentro, por el recogimiento. Un silencio en el que cada paso hablara por sí mismo. Un silencio llevado por hombros, asegurando que la tradición no solo se recordara sino que siguiera viva en el tiempo. Un silencio abierto, además, a la fraternidad, donde cofrades de otras cofradías pudieran compartir el peso y el sentimiento.


Pero los sueños, cuando son de verdad, nunca son fáciles. Hubo reuniones, dudas, puertas que parecían no abrirse. Hubo que insistir, explicar y convencer. Horas y horas de trabajo invisible, sostenido por la fe en algo que aún no existía, pero que se sentía como necesario. Nombres propios como Rubén Pérez Lázaro y quien esto escribe, junto con el esfuerzo compartido y compromiso sincero de José Cestafe “Pepe”, Luis M. Martínez “Luisito”, Paco y Juan Carlos González Sarasa, fueron tejiendo, poco a poco, lo que acabaría siendo una realidad.



Vídeo - Procesión del Silencio 2015


Y entonces llegó la noche. Aquella noche en la que el reloj marcaba las 23:55 del Jueves Santo y el tiempo parecía detenerse. La ciudad en calma como si presintiera que algo estaba a punto de ocurrir. Y cuando las campanadas anunciaron las 00:00, ya en Viernes Santo, no solo comenzó una procesión, comenzó una historia.


María Magdalena salió a las calles, envuelta en un silencio que lo llenaba todo. No había ruido pero sí emoción. No había palabras pero sí miles de sentimientos compartidos. Cada paso era un acto de fe. Cada mirada, un reflejo de respeto. Cada instante, irrepetible. Las demás cofradías acudieron en masa, Logroño respondió y aquel pequeño grupo que un día soñó con algo distinto vio cómo su ilusión se convertía en realidad.

Desde entonces, año tras año, María Magdalena sigue caminando en la noche del Viernes Santo. Y con cada paso, se renueva algo más que una tradición, se renueva un sentimiento.


Conocer el pasado es entender de dónde venimos para mirar con fe al futuro. Porque mirar atrás es sentir orgullo. Orgullo de haber creído cuando no era fácil. Orgullo de haber formado parte de un comienzo. Y, sobre todo, es sentir gratitud. Gratitud por comprobar que aquel sueño no se quedó en un intento sino que echó raíces profundas. Que sigue vivo. Que sigue emocionando. Y que, aún hoy, el silencio… sigue hablando directamente al corazón.





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