La procesión del Silencio y Dolor de María Magdalena se ha convertido, desde hace ya 25 años, en uno de los actos más profundos y significativos de la Semana Santa logroñesa. Durante este cuarto de siglo, el silencio, la austeridad y la seriedad tanto de cofrades como del público, han inundado las calles del centro histórico, ayudándonos a comprender el verdadero sentido de la Semana Santa. Bajo mi humilde opinión, esta sencilla procesión en sus formas pero inmensa en su significado, es única, inigualable y sin duda, la más sobrecogedora de nuestra Semana Mayor.
Este año celebramos ese cuarto de siglo llenando de silencio el corazón de nuestra ciudad. Un silencio solo roto por el sonido de las horquillas, del mazo y el caminar pausado de los cofrades. Sonidos que no distraen sino que acompañan y guían el recogimiento, marcando el ritmo de una noche distinta, profunda y muy necesaria.
Fue en el año 2001 cuando la Cofradía de María Magdalena decidió dar un paso valiente, organizando una procesión propia y diferente a las existentes en Logroño. Así nació la procesión del Silencio y Dolor de María Magdalena, que nos hace retroceder en el tiempo, volviendo a desfilar como se hacía antiguamente en nuestra ciudad, transportándonos a la esencia del silencio y la seriedad castellana, donde el protagonismo no está en lo externo sino en lo interior.
Desde 2005, además, se vive un momento de especial emoción y recogimiento cuando la Cofradía del Descendimiento de Cristo, en su regreso a la Iglesia Imperial de Palacio, coincide con la salida de María Magdalena y sus penitentes. Ese encuentro, breve pero intenso, refuerza aún más el carácter espiritual de la noche.
Por todo ello, la procesión del Silencio y Dolor de María Magdalena es imprescindible para que cofrades y concurrencia puedan vivir momentos de paz, reflexión, discernimiento y meditación interna, difíciles de sentir y experimentar en otras procesiones de nuestra ciudad.
Por delante nos queda la misión, como cofrades, de mantener viva esta procesión tal y como iniciamos hace 25 años: fiel a su esencia, al silencio y a la sobriedad.





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