Una vez transcurridas varias semanas desde la finalización de la Semana Santa y cuando el mundo cofrade logroñés entra en su habitual periodo de hibernación, considero necesario, exponer una serie de reflexiones a raíz de diversas publicaciones realizadas durante la pasada Semana Santa en este blog, en relación con propuestas e iniciativas impulsadas por la Hermandad.
Quien escribe estas líneas no habla desde la improvisación ni desde el desconocimiento. Lo hace desde la experiencia de quien ha crecido escuchando, observando y aprendiendo de sus mayores. Por ello, el respeto que reclamo no es hacia mi persona, sino hacia el legado que represento. Un legado transmitido por cofrades de referencia, a quienes no citaré, pero a los que siempre reconoceré como mis “maestros cofrades”. Ellos me enseñaron con su ejemplo, su exigencia y su compromiso, el verdadero sentido de ser cofrade. A ellos, y a tantos otros que me han acompañado y me acompañan en este camino, les debo una forma de entender y vivir la Semana Santa que no estoy dispuesto a ver desaparecer.
Las reflexiones que he compartido nacen de una preocupación real por la deriva que está tomando nuestra Semana Mayor. Una deriva que no es casual sino consecuencia de decisiones adoptadas por quienes tienen la responsabilidad de dirigirla. Conviene recordar algo básico, liderar no es imponer. Liderar es escuchar, dialogar, servir y construir desde el consenso. Cuando esto se olvida, se pierde el rumbo.
Innovar no puede ser, en ningún caso, sinónimo de importar ni de sustituir lo propio por lo ajeno. Abandonar, descuidar o relegar nuestras formas para adoptar modelos externos no es avanzar, es renunciar. Y esa renuncia da lugar a una preocupante desconexión con la esencia de nuestra Semana Santa. Quien asume responsabilidades debe, antes que nada, conocer, vivir y sentir profundamente aquello que pretende dirigir. Lo contrario es una irresponsabilidad.
Conviene también hacer autocrítica colectiva. Porque no todo recae en quienes toman decisiones. Existe, en algunos sectores, una preocupante tendencia a aceptar sin cuestionar, a aplaudir sin reflexionar y a evitar cualquier posicionamiento que pueda resultar incómodo. Pero la comodidad nunca ha sido compatible con el compromiso.
Es momento, además, de hablar con claridad sobre la autenticidad. La Semana Santa de Logroño podrá aspirar a ser “muy grande”, pero hoy necesita, más verdad y menos artificio; más hábito de penitencia y menos postureo; más compromiso real y menos preocupación por la apariencia. Porque sin recogimiento, sin coherencia y sin sentido, todo lo demás se convierte en una mera representación vacía.
Por mi parte, seguiré ejerciendo mi independencia de criterio. Seguiré señalando, con educación pero sin ambigüedades, todo aquello que considere criticable, especialmente cuando se ponga en riesgo el legado recibido. Callar, mirar hacia otro lado o aceptar sin más lo que se propone puede ser cómodo, pero no es responsable. Y hemos llegado a un punto en el que no todo vale.
Esto no implica rechazar cualquier iniciativa. Muchas podrían ser positivas si no supusieran, directa o indirectamente, relegar nuestro pasado o diluir nuestra identidad. Pero cuando lo novedoso se impone sistemáticamente sobre lo heredado, no estamos ante evolución, sino ante una pérdida de sentido.
Confío en que aún estemos a tiempo de reconducir esta situación. Pero para ello es imprescindible tomar decisiones valientes. Ha llegado el momento de eliminar lo superfluo: la parafernalia innecesaria, los centros neurálgicos grandilocuentes, las medallas y los pines que poco o nada aportan. Ha llegado el momento de volver a lo esencial: los cofrades.
Escucharles, atender sus inquietudes, fomentar el diálogo real y sobre todo, recuperar la conciencia de nuestro origen como base de nuestra identidad.
Del mismo modo, no se puede seguir descuidando su formación. Una formación seria, rigurosa y coherente, orientada a comprender el verdadero sentido de la Semana Santa, el significado del hábito, del cíngulo y del capuz, la forma correcta de desfilar y, algo fundamental, la diferencia entre una estación de penitencia y una procesión.
No necesitamos buscar fuera lo que ya tenemos dentro. El valor de nuestra Semana Santa no está en lo que imitamos, sino en lo que somos. Está en nuestras raíces, en nuestra historia y en nuestra gente.Y eso no se negocia. Se protege.

