lunes, 30 de marzo de 2026

¿Sentarse tiene un precio?

La decisión de implantar un “donativo” obligatorio para acceder a sillas en la procesión del Viernes Santo en Logroño,(cliquea y lee), una reflexión crítica, tanto por lo que implica como por el mensaje de fondo que transmite.

En realidad, se trata de una medida profundamente discutible que altera el sentido mismo de un acto que, por naturaleza, es abierto y pertenece a toda la ciudadanía.

La Semana Santa y en especial una procesión tan emblemática como la del Santo Entierro, no es un espectáculo cualquiera: es una manifestación religiosa y cultural compartida. Condicionar parte de su disfrute a una aportación económica, aunque se denomine “donativo”, supone dar un paso hacia la mercantilización de lo que hasta ahora era un espacio común.


En 1974 sillas gratis, en 2026 no


Es cierto que se argumentan necesidades económicas. Nadie cuestiona que se requieran recursos, ni siquiera para ese nuevo “Vaticano cofrade logroñés”. Sin embargo, la cuestión de fondo es si este es el mecanismo adecuado. Porque cuando se normaliza que para estar sentado, en un buen lugar o con espacio reservado haya que pagar, se introduce una lógica que rompe con el carácter inclusivo del evento. Se abre, además, una puerta difícil de cerrar: hoy son cinco euros por una silla; mañana podrían ser más servicios, más espacios o más condiciones sujetas a pago. Es un precedente que, lejos de ser inocente, puede transformar progresivamente la naturaleza de la Magna. No deja de recordar a modelos como las carreras oficiales del sur, con su alquiler de sillas y tribunas, o incluso a la reserva de localidades en la Plaza Mayor de Valladolid.


Existen, sin duda, alternativas que deberían explorarse antes de recurrir a este tipo de medidas. Si el objetivo es recaudar fondos, hay fórmulas menos lesivas para el carácter abierto del evento. Vincular el pago a un beneficio convierte la solidaridad en una transacción y eso empobrece el espíritu de la iniciativa.

En definitiva, la medida puede entenderse desde la necesidad, pero resulta difícilmente defendible desde la coherencia con los valores que la propia celebración representa. Ordenar y mejorar la experiencia del público es un objetivo legítimo; hacerlo a costa de segmentar el acceso, aunque sea mínimo y de forma sutil, no lo es tanto.


La Hermandad haría bien en replantear el enfoque y apostar por fórmulas que refuercen, en lugar de debilitar, el carácter abierto y compartido de una de las citas más importantes de la ciudad. Y, mientras tanto, siempre quedará la opción más sencilla y accesible: que cada cual lleve su propia silla plegable, (de las que muchos tenemos en casa o en el trastero), y disfrutar de la procesión con comodidad pero sin peajes.

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