Y a las puertas del Domingo de Ramos, esta mañana he podido comprender aquello de lo “muy grande” que leía hace apenas unos días. Ya está aquí. Ya se conoce, por fin, un nuevo proyecto que ha iniciado su andadura.
Hoy se presentaba públicamente una nueva imagen y una nueva iniciativa: la asociación parroquial cofrade de la Coronación de espinas y María Santísima del Amor, Reina de Todos los Santos de Santa Teresita, envueltas en un discurso de ilusión y novedad. Sin embargo, una lectura atenta y lenta del texto, (cliquea y lee) obliga a ir más allá de ese entusiasmo inicial porque lo que oculta no es “tan inocente ni tan positivo” como se pretende transmitir.
Desde el respeto, pero con claridad, no comparto esta iniciativa por diversos motivos. El primero de ellos es su propio origen, que resulta, cuanto menos, inquietante. Y no por rechazo a lo nuevo sino por la debilidad de sus fundamentos. El origen del proyecto resulta, sencillamente, impropio de lo que se pretende construir. Que una supuesta futura devoción nazca de una compra impulsiva en un anticuario, sin comunidad previa, sin arraigo y sin un proyecto claro, no puede presentarse como una historia inspiradora. Más bien refleja una preocupante banalización de lo que significa generar devoción. Reconocer, además, que “hay que crearle una devoción” evidencia una concepción profundamente equivocada. La devoción no se fabrica, no se improvisa ni se decide. La devoción se recibe, se arraiga y se consolida con el tiempo y con el pueblo. Lo demás, por mucho que se adorne, corre el riesgo de quedarse en algo superficial.
Pero si el punto de partida es débil, el planteamiento de fondo resulta aún más cuestionable. La insistencia en adoptar e imitar modelos estéticos andaluces, presentándolo como un enriquecimiento, cuando en realidad delata una evidente falta de confianza en la identidad propia. Lanzando un mensaje implícito de que la Semana Santa logroñesa necesita ser corregida o completada desde fuera, como si su tradición, su sobriedad y su evolución histórica fueran insuficientes. No es una aportación: es una enmienda a la totalidad de lo que somos.
Afirmar que ciertos montajes “no son habituales aquí” no señala una carencia sino una diferencia que debería ser motivo de respeto. Porque es precisamente esa diferencia la que ha dado personalidad a la Semana Santa de Logroño. Pretender “actualizarla” mediante la importación de estéticas ajenas no es enriquecerla, es desplazarla. Y ese desplazamiento implica, inevitablemente, dejar en un segundo plano el legado construido durante generaciones.
Más preocupante aún es comprobar que esta no parece una iniciativa aislada, sino parte de una tendencia cada vez más evidente dentro de determinados sectores de la junta directiva de la Hermandad: copiar, importar y presentar como novedoso lo que simplemente es ajeno. Esta insistencia constante no solo empobrece el discurso, sino que transmite una idea especialmente grave, que lo propio no es suficiente y que lo heredado puede ser sustituido sin mayor reflexión.
A ello se añade un elemento difícil de ignorar: la progresiva construcción del “relato Santa Teresita” como un supuesto nuevo centro cofrade de la ciudad. La acumulación de iniciativas, discursos y expectativas en torno a este espacio no parece casual. Más bien apunta a la intención de generar un eje alternativo que, de forma más o menos explícita, compita con el núcleo histórico. Hablar de un “nuevo Vaticano cofrade logroñés” puede parecer exagerado, pero cada vez resulta menos descabellado a la vista de esta insistencia.
Sin embargo, conviene recordar algo esencial, el centro de la Semana Santa logroñesa no es intercambiable ni trasladable a voluntad. Su eje natural, histórico y devocional se encuentra en el casco antiguo, en torno a La Redonda, Santiago y Palacio. No por inercia, sino por historia, por arraigo y por sentido. Intentar desplazarlo, aunque sea de forma indirecta, no es innovar, es desconocer o ignorar deliberadamente la naturaleza de la tradición.
En definitiva, lo que se presenta como una iniciativa ilusionante corre el riesgo de convertirse en un ejercicio de desarraigo. Porque cuando la novedad se basa en la importación sistemática, en la creación forzada de devociones y en la alteración de equilibrios consolidados, deja de sumar y comienza a dividir.
Por eso, más allá del entusiasmo inicial, se impone una reflexión seria y honesta: si este tipo de proyectos responden realmente a una necesidad de la Semana Santa logroñesa o si, por el contrario, obedecen a la voluntad de imponer un modelo ajeno que, lejos de enriquecer, puede acabar diluyendo aquello que nos define.


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