jueves, 26 de marzo de 2026

La Semana Santa de Logroño: entre la fe y el escaparate turístico.

Siguiendo con las noticias que van apareciendo en el periódico digital NueveCuatroUno sobre nuestra Semana Santa, no puedo dejar de detenerme en un nuevo artículo, (cliquea y lee), que expone con bastante claridad cuál parece ser hoy su sentido y cómo se percibe en la sociedad actual.

Sin embargo, lo que resulta más llamativo aún, es que estas afirmaciones vengan de don Francisco Marín de Diego, Hermano Mayor de la Hermandad, ya que, en cierto modo, resultan especialmente reveladoras y debo admitirlo, me han dejado perplejo.



Afirmaciones como «estamos preparando una Semana Santa de Logroño muy grande» no son una simple muestra de entusiasmo, son la evidencia de un cambio de rumbo. El uso de “muy grande” como principal valor no apunta a una mayor profundidad espiritual sino a una forma de entender la Semana Santa cada vez más centrada en lo grandioso, la visibilidad y la capacidad de atraer público. El problema no es crecer sino qué se sacrifica para hacerlo. Cuando lo importante pasa a ser lo más grande, lo más concurrido o lo más llamativo, la pregunta inevitable es: ¿qué lugar ocupa entonces el sentido religioso que da origen a la celebración?
En este contexto, el aumento de cofrades se presenta como un éxito rotundo. Se da por hecho que más inscritos equivalen a más compromiso, más vitalidad, cuando bien pudiera ser que reflejen lo contrario. En ningún momento se plantea si esos nuevos cofrades participan activamente o si, por el contrario, simplemente engrosan unas cifras que permiten sostener el relato del crecimiento.

Pero más preocupante aún resulta el giro explícito hacia el turismo. La Semana Santa aparece descrita casi como un producto de consumo: visitantes por la mañana, procesiones por la tarde y gastronomía por la noche; “qué mejor paquete”. Aquí queda claramente reinterpretada como una oferta turística, donde la fe se diluye en una propuesta de ocio en la que lo relevante no es tanto la vivencia espiritual como la capacidad de generar visitantes y actividad económica. La referencia a hoteles llenos refuerza esta idea: el éxito se mide en términos de ocupación y consumo. 

Vuelve a mi memoria una imagen que vi en su día en un blog sobre nuestra Semana Santa y al que animo a leer y seguir, (12 portadores), y que define con precisión el momento actual.


Esa insistencia a la “notoriedad” y a las calles llenas refuerza esta deriva. No se trata tanto de vivir la celebración como de demostrar que funciona, que atrae, que llena. Es la lógica del espectáculo, lo importante deja de ser lo que significa para centrarse en cuánta gente convoca.
En este marco, la tradición deja de ser un legado para convertirse en un decorado. Un decorado que debe ampliarse y perfeccionarse continuamente para no perder atractivo, desplazando así lo verdaderamente importante: el significado profundo de los rituales y las tradiciones que nos definen. Ni siquiera el recurso a la “tradición e innovación” logra sostener el discurso. La innovación no aparece como algo natural, sino como una estrategia para mantener el interés del público, vaciando el sentido de lo heredado.


En definitiva, lo que se dibuja es algo más profundo que un simple cambio de enfoque. Es una transformación de fondo. Una Semana Santa que en su obsesión por ser “muy grande”, corre el riesgo de dejar de ser lo que es y era. Porque cuando el espectáculo, el turismo y la rentabilidad ocupan el centro, lo religioso deja de ser el núcleo para convertirse en un pretexto.





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