En 2016, la Iglesia católica dio un paso significativo en la recuperación de la auténtica identidad de María Magdalena. Durante siglos, la tradición occidental la presentó principalmente como la mujer pecadora que unge los pies de Jesús. Sin embargo, los Evangelios no sostienen esa identificación. Los estudios bíblicos han permitido distinguir con claridad a María Magdalena de otras mujeres mencionadas en el Nuevo Testamento.
El 3 de junio de 2016, el papa Francisco dispuso que la memoria litúrgica de Santa María Magdalena fuera elevada al rango de fiesta, el mismo que se concede a los apóstoles. El decreto Apostolorum Apostola, ("Apóstol de los Apóstoles"), reconoció oficialmente un título que la tradición cristiana ya le había atribuido desde los primeros siglos, subrayando su misión única como la primera testigo de la resurrección de Jesucristo y la primera anunciadora de la Buena Nueva a los discípulos.
Los Evangelios presentan a María Magdalena como una discípula fiel que acompañó a Jesús, permaneció junto a la cruz cuando muchos habían huido, fue testigo de su sepultura y acudió al sepulcro al amanecer del primer día de la semana. Allí recibió el anuncio de la resurrección y el encargo de comunicarlo. Esa misión fundamenta el título de "apóstol de los apóstoles", ya que fue enviada por el mismo Cristo resucitado para anunciar el acontecimiento central de la fe cristiana.
Por ello, el cambio de 2016 no creó una nueva figura de María Magdalena, sino que recuperó su identidad bíblica y su protagonismo en los orígenes del cristianismo. De este modo, la Iglesia puso el acento no en una imagen de penitencia basada en una tradición posterior, sino en el testimonio de una mujer discípula, evangelizadora y primera mensajera de la Pascua, cuya fidelidad y misión la convierten en un modelo para todos los cristianos.


